viernes, 16 de mayo de 2008

Añadiendo un poquito más de confusión...

Recordad que nuestro protagonista se encontraba en la sala de un tanatorio, dándole vueltas al significado de un viejo manuscrito...
Por María
Se despertó sobre una almohada empapada en sudor. Aunque sabía que había despertado, no conseguía abrir los ojos. Sólo alcanzaba a distinguir algo que, en el techo, giraba y producía sombras intermitentes en su vista. Mientras intentaba sin éxito mover alguna parte de su cuerpo, que parecía pesar varias toneladas, comprobó con horror que no estaba en su habitación. De pronto, el corazón comenzó a palpitarle con tanta fuerza que parecía que de un momento a otro lo fuera a encontrar ante sus ojos, y la respiración se le aceleró tanto que pensó que iba a perder el conocimiento de puro pánico.
Al fin, tras unos minutos que bien podían haber sido una vida entera, empezó a cobrar la movilidad del cuerpo y a punto estuvo de gritar pidiendo ayuda, pero cuando iba a hacerlo, se le antojó que lo más sensato era mantener la calma y no alertar a un posible atacante.
En la habitación no había casi nada: una cama de hierro, sin ningún adorno; una mesilla con una pequeña lámpara, un perchero vacío y una mesita con una palangana de agua fresca. No pudo evitar hundir las manos y remojarse la frente, todavía llena de sudor. Miró hacia arriba y observó que un viejo y sucio ventilador daba vueltas torpemente sobre su cabeza, y sintió el estúpido temor de que le cayera encima. ¿Cómo podía preocuparse por eso en su situación? No sabía dónde se encontraba, ni quién le había llevado hasta allí, ni cuánto tiempo había pasado durmiendo. Miró por la ventana, y su inquietud no hizo más que aumentar; ni siquiera estaba en su ciudad. Si no fuera por las circunstancias, habría admitido que la vista era hermosa. Todo verde. A decir verdad, demasiado verde. ¿Qué lugar era aquél?
De pronto, escuchó unos pasos que se acercaban. Vació el agua del recipiente y lo agarró con fuerza. Era lo único que tenía a mano. Corrió sigilosamente a esconderse tras la puerta. El picaporte se movía lentamente; quien estuviera al otro lado iba a entrar de un momento a otro… ¡zas!
El extraño quedó tendido en el suelo, boca bajo. Se agachó para darle la vuelta. Cuando vio su cara se le heló la sangre. ¡No podía ser!

5 comentarios:

Alejandro F. Romero dijo...

me gustan las cosas que escribes...

Ruth dijo...

¡¡¡¡Me encanta!!!!
¡Me gusta muchísimo tu relato, María!
¡Enhorabuena!

Leo dijo...

sarenef???? Emoción al límite... Hay tercera parte, supongo, no???

María dijo...

Sarenef? Me tendrás que explicar eso.

Gracias Alejandro y Ruth; no me ha dejado comentar aquí en días!

Leo dijo...

Y cuando leí tu relato pensé, "sarenef, sarenef, ¿sarenef?"... Sarenef es todo y nada. Algún día te contaré :-)