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domingo, 1 de junio de 2008

Un misterio, una muerte y un matrimonio Fin (1000, ni una más)

Ludovica
Mi padre, accedió a que Figueres le examinara, no tenía nada qué esconder. El informe fue lo que mi madre y el vecindario querían. Ingreso en el psiquiátrico. La alta sociedad funciona así. Tras juicios, testificaciones y el divorcio de mis padres, Roberto ingresó en la “Masía Torribera.” Con su ingreso en el psiquiátrico también desapareció el dinero. Mis padres se casaron en separación de bienes y mi madre que jamás había trabajado, se veía con grandes gastos y pocos recursos.
Escogió la salida fácil, encontrar alguien que la mantuviera, se equivocó. Conoció a Jaume. Él era 10 años más joven, ella se enamoró, rejuveneció, se encandiló y jamás pensó que Jaume le mintiera. Él no tenía dinero, ni posición social, era un encantador de serpientes buscando dinero. Antes de que mi madre se diera cuenta de todo, se casó con él, gastó lo último que le quedaba y esperaba a que Jaume cerrara esos negocios que nunca parecían cerrar.

Yo seguía enamorada de mi padre y el matrimonio entre Jaume y mi madre me abría una posibilidad para sacar a mi padre.
Para Jaume yo no era su hija, era una jovencita atractiva, me aproveché de eso. Unos meses después de la boda, cuando Jaume no podía ocultar su escasez de líquido empecé mi plan. Jaume necesitaba dinero y yo a mi padre. Me aproveché de su deseo y le convencí para que me ayudara a sacar a mi padre del sanatorio. El dinero fue el cebo, Jaume solo pensaba en eso, en la recompensa y en deshacerse por fin de una vieja que ya no le servía para nada. Jaume conocía gente en los bajos fondos que nos podía ayudar a sacar a mi padre, pero me sobraba después de sacar a Roberto.
Conseguimos que mi padre pudiera salir a la calle de vez en cuando con la vigilancia de un familiar. Jaume esperaba su recompensa, y la tuvo. Hice que mi madre se enterara de que se había liado conmigo y lo mató. Yo había recuperado a Roberto, también su dinero, por qué no decirlo. La vida con mi madre no era igual, yo estaba acostumbrada a la buena vida y una pensión establecida no era lo mismo.

Después de estar dos años en Torribera, mi padre ya no era el mismo, las pastillas habían hecho su efecto y había perdido todo el encanto. En una de las salidas estuvimos hablando y me concedió todos sus bienes, sabía que jamás volvería a disfrutar de ellos. Mi padre ya no era el mismo, yo no sentía deseo, ni siquiera cariño. Su mirada reflejaba rabia y ganas de venganza. En una de las salidas permitidas por el sanatorio me pidió que fuéramos a ver a mi madre. Yo no entré, sabía lo que pasaría y pasó. Cuando volví a casa llamé por teléfono a urgencias y a Torribera. Mi madre estaba muerta, mi padre de vuelta al psiquiátrico y después ingresaría en la cárcel. Yo me acababa de convertir en una joven millonaria sin más responsabilidad que vivir.

sábado, 31 de mayo de 2008

Un misterio, una muerte y un matrimonio (II parte)

Bien, ya sé, no me riñáis, me he excedido en unas cuantas palabras pero me niego a seguir recortando la caracterización de mi personaje principal... ¿He aquí el último relato de esta primera fase del concurso?

Un misterio, una muerte y un matrimonio (II parte)

by Leo

Todo empezó tiempo atrás, en una región española. Murcia era, en principio, un sitio tranquilo, apacible, donde nunca pasaba nada. Urbano desde siempre se había sentido un incomprendido. Todos a su alrededor habían tratado de alentar al pequeño genio que llevaba dentro. “Este chico promete”, “Es muy inteligente, “Llegará donde se proponga”. De buena familia, se convirtió desde muy joven en un auténtico quebradero de cabeza para sus padres: coqueteo con las drogas, relaciones sexuales precoces, mentiras… Nunca sabremos por qué una persona que lo tuvo todo, decidió no quedarse con nada. La contradicción definiría su existencia. Murcia, región apacible; Urbano convulsión desenfrenada. A sus 40 años, con el pelo cubierto de canas, parecía un anciano. Se casó joven, fue padre joven, estuvo a punto de ser asesinado joven. Nunca llegó a abandonar oficialmente a la que fuera su mujer durante casi dos décadas. Con 14 años vendía estupefacientes a sus amigos… con 30 formaba parte de una potente red de narcotráfico radicada en Marruecos. Siempre al borde del precipicio. Cuando estuvo fichado en España, y tras pasar una temporada en la cárcel, decidió marchar fuera, lejos, huyendo de sus propios fantasmas, que se tornaron si cabe más feroces a su llegada al país mexicano. Le propusieron un nuevo negocio y se juró a sí mismo que con él “colgaría las botas”, que se alejaría para siempre del fango en el que se había estado moviendo durante toda su vida. Nunca sabremos si Urbano realmente alguna vez creyó en sus propias promesas, pero pensó que se lo debía al gran amor de su vida: su hija.

En México todo se tornó muy complicado desde el principio. Cuando llegó a la colonia en la que iba a vivir, sintió un profundo escalofrío: tuvo el presentimiento de que todo aquello no acabaría bien. Su contacto, un muchacho que no había alcanzado la mayoría de edad, lo acompañó hasta el lugar que haría las veces de casa. Le dio, además, un número de teléfono: Luis, el americano, sería el encargado de ayudarle a montar el grupo-enlace para el tráfico de coca desde Colombia hasta España. Despidió al muchacho y se quedó solo en el departamento. Era una habitación minúscula con una cama y un pequeño hornillo. Dejó su mochila en el asqueroso suelo y durmió profundamente. Al día siguiente llamó por teléfono al americano. Quedaron en el centro de la ciudad, en el zócalo, un sitio muy concurrido en el que pasarían desapercibidos. Luis llevaría una camiseta negra con la bandera mexicana y un poster enrollado debajo del brazo derecho. Fue sencillo reconocerle. Se saludaron fríamente y entraron en una cantina. Su contacto parecía muy nervioso, hablaba muy rápido y estaba constantemente mirando a su alrededor. A su vuelta al departamento se encontró con la puerta entreabierta. Estaba algo mareado, una vez más se había excedido con la bebida. Dudó unos instantes, pero finalmente entró. Encima de su cama estaba el adolescente que lo había recibido el día anterior. Se acercó hasta él y vio cómo las sábanas estaban empapadas en sangre. Corrió a cerrar la puerta. Empezó a temblar, estaba aterrado. Cuando comprobó que no había nadie en la escalera, salió del lugar. Y así fue como llegó a Tepito, donde rara vez la policía hacía redadas; era el sitio más peligroso pero, a la vez, el más seguro de toda la ciudad.

Continuó su misión como si nada hubiera pasado, pero la imagen del muchacho muerto le atormentaba. Durante los meses que siguieron a aquella vivencia, logró alcanzar su objetivo y consiguió montar una potente red de narcos. Su estado mental y físico era patético. Siempre bebido, fumaba compulsivamente y en los últimos tiempos había comenzado a consumir grandes dosis de somníferos. No se soportaba, se aborrecía y ese sentimiento no le dejaba pegar ojo. Pero con su vuelta a España, todo aquello acabaría. Tenía ya comprado el billete de avión cuando llegó la fatídica noche. Casi sin darse cuenta estaba en el suelo, con una fuerte opresión en su espalda, rodeado de policías, bestias enloquecidas, ansiosas. No consiguió ver casi nada. Sólo a Luis bajo el dintel de la puerta.

Fin +26

La palangana, que todavía agarraba con una mano, cayó ruidosamente al suelo y se hizo añicos. Un escalofrío le hizo estremecerse. Era imposible. Había muerto 20 años atrás, al menos eso le habían dicho. Había ido a visitar su tumba en las fechas señaladas, se había visto crecer, año tras año, en el reflejo del blanquecino mármol... No puede ser, se repitió una vez más. Inconscientemente, se llevó una mano al bolsillo y sacó el papel que había leído en el velatorio: “No he muerto”.

Había imaginado esta situación miles de veces. Hablarían durante horas sobre su vida y todo volvería a ser como antes. Ahora, de rodillas en el suelo, con su hermano mirándole a los ojos, no podía parar de hacer preguntas, preguntas que salían mudas de sus labios. Finalmente, él fue el primero en hablar.
Le explicó que cuando tenía 19 años trabajaba para un anciano que siempre le contaba increíbles historias de su juventud, todas ellas sobre grandes fortunas. Cuando murió, él era el único que aparecía en el testamento. ¡Y resultó que aquellas locuras sobre tesoros escondidos eran ciertas! Teniendo como única familia a un anciano tío y a una personita de 7 años que no le echaría mucho en falta, se limitó a desaparecer con el dinero y salir en busca de aventuras, mientras su familia le daba por muerto. Antes de irse, le dejó a la criatura algo parecido a una pista, como promesa de que volvería. Cuando supo del fallecimiento de su tío, regresó a España a buscarle. Con la soledad del tanatorio y un poco de cloroformo consiguió arrastrarle sin problemas hasta su avión privado. “¿Pero dónde estamos?”, habló por fin. “Estamos en las Islas Perlas, en Panamá. Todo este islote me pertenece”. Mientras le hablaba, vio brillar un anillo de boda en la mano de su hermano. Desde luego, toda una vida los había separado. Tal vez era el momento de volver a empezar su historia en el seno de una nueva familia.
Aquí termina mi relato. Dicen las bases que el máximo es de 1000 palabras, así que las últimas 26 van en diferente color, por si alguien quiere no hacerles caso.
Espero que os haya gustado.
María.

domingo, 18 de mayo de 2008

No hay cuarto sin quinto. Una muerte, un misterio y un matrimonio

Me enamoré de mi padre. No era un amor entre hija y padre, era pasión, como puede sentir cualquier enamorado. Él jamás lo supo. Mi padre se llamaba Roberto, era Juez y venía de una familia muy adinerada, gracias a mi padre vivíamos en una casa de cine, no podíamos pedir más. El lujo era algo diario en nuestra vida, disfrutábamos de fiestas casi todas las semanas, nos íbamos de viaje cada poco…teníamos una vida por todo lo alto…
Desde que cumplí los catorce años dejé de verlo como a mi padre, me gustaba, me enamoré, pensaba en él a todas horas. Nadie sabía nada de esto, era algo entre mis sentimientos y yo, algo que nadie podría entender. Que yo lo mantuviera callado no quería decir que mi madre no se percatara, ella percibía algo raro pero no decía nada. Yo fui creciendo y aquel deseo por mi padre también se hacía mayor. Lo lógico hubiera sido odiar a mi madre, pero no lo hice, yo sabía que esa pasión jamás se materializaría, mejor no odiar a nadie más, solo a mi misma por aquel horrible sentimiento. Tener a mi padre cerca era todo lo que podía soñar, su cariño, su olor, su sonrisa…tenerlo cerca me enfermaba, me hacía desearlo con todas mis fuerzas y a la vez castigarme por todo aquello.
Mi madre empezó a sospechar. Una noche, mi padre se quedó dormido en la terraza, yo me quedé sentada en el comedor toda la noche observándolo y mi madre, desde su habitación, observándome a mí, con el tiempo me lo dijo. Intenté inventar una y mil excusas, pero no me creyó, ella intuía algo y ese algo le repugnaba. Mi madre empezó a rechazarme, ya no me trataba con el cariño de antes, ni a mi padre tampoco. Empezó a tratarnos con desprecio y lo que fue peor, empezó a ignorarnos. Mi padre no entendía por qué, yo intenté salvar la situación por todos los medios, pero no hizo falta, mi madre ya había tomado la decisión. A mi no me podía echar de su casa, era su hija al fin y al cabo, pero sí podía deshacerse de su marido, y así lo hizo.
Vivíamos en un barrio de gente adinerada, pero el dinero en muchas ocasiones hace ser extravagante, incluso raro y malvado. Mi madre siempre se había llevado genial con todo el vecindario y ante cualquier problema se había servido de ellos, en esta ocasión no iba a ser menos. Dios sabe cómo, pero mi madre convenció a sus amigas de que mi padre estaba enamorado de mi, me hizo víctima y a él verdugo. Puso a todo el vecindario en contra de mi padre y se valió del Doctor Figueres, íntimo amigo de la familia. Figueres era psiquiatra y asustado por todo lo que le contaba mi madre, historias inventadas, por supuesto, llegó a la conclusión de que había que examinar a mi padre.

viernes, 16 de mayo de 2008

Añadiendo un poquito más de confusión...

Recordad que nuestro protagonista se encontraba en la sala de un tanatorio, dándole vueltas al significado de un viejo manuscrito...
Por María
Se despertó sobre una almohada empapada en sudor. Aunque sabía que había despertado, no conseguía abrir los ojos. Sólo alcanzaba a distinguir algo que, en el techo, giraba y producía sombras intermitentes en su vista. Mientras intentaba sin éxito mover alguna parte de su cuerpo, que parecía pesar varias toneladas, comprobó con horror que no estaba en su habitación. De pronto, el corazón comenzó a palpitarle con tanta fuerza que parecía que de un momento a otro lo fuera a encontrar ante sus ojos, y la respiración se le aceleró tanto que pensó que iba a perder el conocimiento de puro pánico.
Al fin, tras unos minutos que bien podían haber sido una vida entera, empezó a cobrar la movilidad del cuerpo y a punto estuvo de gritar pidiendo ayuda, pero cuando iba a hacerlo, se le antojó que lo más sensato era mantener la calma y no alertar a un posible atacante.
En la habitación no había casi nada: una cama de hierro, sin ningún adorno; una mesilla con una pequeña lámpara, un perchero vacío y una mesita con una palangana de agua fresca. No pudo evitar hundir las manos y remojarse la frente, todavía llena de sudor. Miró hacia arriba y observó que un viejo y sucio ventilador daba vueltas torpemente sobre su cabeza, y sintió el estúpido temor de que le cayera encima. ¿Cómo podía preocuparse por eso en su situación? No sabía dónde se encontraba, ni quién le había llevado hasta allí, ni cuánto tiempo había pasado durmiendo. Miró por la ventana, y su inquietud no hizo más que aumentar; ni siquiera estaba en su ciudad. Si no fuera por las circunstancias, habría admitido que la vista era hermosa. Todo verde. A decir verdad, demasiado verde. ¿Qué lugar era aquél?
De pronto, escuchó unos pasos que se acercaban. Vació el agua del recipiente y lo agarró con fuerza. Era lo único que tenía a mano. Corrió sigilosamente a esconderse tras la puerta. El picaporte se movía lentamente; quien estuviera al otro lado iba a entrar de un momento a otro… ¡zas!
El extraño quedó tendido en el suelo, boca bajo. Se agachó para darle la vuelta. Cuando vio su cara se le heló la sangre. ¡No podía ser!

lunes, 12 de mayo de 2008

El cuarto relato (¡todo de una!)

Una muerte, un misterio y un matrimonio
Por Ruth
Abrió la ventana de la habitación para que un poco de aire la refrescase, llevaba tan ajustado el vestido blanco que le faltaba la respiración por momentos.
Ahora, tras haber sido peinada, maquillada y vestida por profesionales, estaba sola.
Una carta descansaba sobre la cama, pero no quería ni mirarla. Puede que la abriese después. ¡Qué demonios!, sabía que no la abriría nunca. Desgarrar el sobre para descubrir las palabras que llenaban lentamente el papel le supondría renunciar a algo y no estaba dispuesta a hacerlo.
Al sonar un claxon, guardó el sobre en uno de los cajones del escritorio y bajó cuidadosamente las escaleras para no pisarse los bajos de la falda mientras su madre le metía prisa.
En el trayecto mantenía la vista fijada en el vacío que le ofrecía la ventanilla. ¿Debería haber abierto la carta? ¿Qué habría supuesto para ella?
Tal vez un poco de palidez en sus mejillas y unos minutos de su tiempo. O puede que también hubiese que sumar a la lista un mar de dudas. En todo caso, ya era tarde. Ya iba de camino a su destino.
Cuando el coche paró frente a la iglesia alguien abrió su puerta para facilitarle la salida. Bajó elegantemente del vehículo y miró en derredor. Algunos de los invitados la habían esperado en la puerta y la observaban asombrados ante su inesperada belleza. Otros, por su parte, cuchicheaban entre ellos criticando el efímero atractivo que despedía la novia por una vez en su vida.
Supuso que aún estaba a tiempo de echar a correr, pero no sabía si realmente quería hacerlo.
Tomó el brazo que le tendía su padre y se internó en el templo bajo las ojeadas de los asistentes. Detectó alguna mirada seria, puede que de envidia, entre la explosión de sonrisas y se obligó a sí misma a sonreír mientras avanzaba hacia el altar. Allí la esperaba un hombre en la treintena. Incluso desde la puerta sentía su arrogancia y sus ojos de un azul imposible clavados en ella.
Aún estaba a tiempo…
Los niños del coro cantaban al son de la orquesta hasta que llegó al altar, se colocó al lado de su futuro marido y el cura empezó a oficiar la ceremonia.
“¿Qué hago aquí?”, se preguntó mientras el párroco leía una página de la Biblia. “¿No estoy siendo una cínica? ¿No debería largarme?” Otra voz en su interior que no estaba segura que fuese suya le respondió que no.
Miró hacia su derecha y trató de ver más allá en los insondables ojos de él, que no se desviaban del cura. Sabía que nunca sería feliz, no así, no con él. Y, no obstante, permanecía en su puesto, haciendo lo que todos le decían que debía hacer.
Tras los soporíferos primeros minutos llegó la hora de dar su aceptación. Sabía lo que él diría, pero ¿sabía lo que diría ella?
Él asintió y respondió afirmativamente a la pregunta crucial mientras un atisbo de falsa sonrisa se asomaba a sus labios.
El turno de ella. El cura repitió la misma cantinela hasta el final. ¿Qué debía hacer? Sintió los ojos de él, expectantes. Sintió los ojos de la multitud, más de doscientas personas, taladrando su nuca.
Se arrepintió de sus palabras en el mismo momento en el que las pronunciaba: un débil “sí, acepto”.
La ceremonia llegó a su fin con el beso de los nuevos marido y mujer. Se miraron a los ojos intentando sonreír, sin conseguirlo.
Una parte de los invitados salieron corriendo de la iglesia para poder coger un sitio en el parking del hotel donde celebrarían el convite; otros fueron a las puertas para aprovisionarse de arroz y otros tantos se quedaron dentro viendo las fotos para las que posaban con una sonrisa impuesta en sus bocas.
A la salida, una lluvia de granos de arroz roció a los novios, que intentaron zafarse con las manos. El padre del novio descorchó una botella de “Don Perignon” y sirvió dos copas al recién estrenado matrimonio. Ambos se miraron y bebieron de la copa del otro.
Se dispusieron a bajar los escalones y él intentó cogerla de la mano para quedar bien en los vídeos, pero ella se escudó en que debía sujetarse la falda con las dos manos para no tropezar con nada.
Y entonces, al bajar el primer escalón, sucedió: los granos de arroz que bañaban el suelo unido a los zapatos nuevos provocaron un resbalón de la novia que cayó de lado, escaleras abajo, sin dejar de sujetarse la falda.
Todas las cámaras de aquel día grabarían la cara de sorpresa de ella, pero no captarían su dolor de cuello y el repentino desvanecimiento de éste.
Se levantó poco a poco, maldiciendo entre dientes, y no fue hasta que se incorporó del todo cuando vio que sus invitados seguían mirando con lágrimas en los ojos, completamente paralizados, a sus pies.
No lo podía creer, pero no se dio cuenta hasta que miró hacia abajo que, al levantarse, había dejado su cuerpo atrás.

miércoles, 23 de abril de 2008

El esperado segundo relato del concurso

Si ya era duro publicar el primer relato, todavía es peor hacerlo en segundo lugar. Pero, ¿qué mejor que empezar una historia para celebrar el día del libro?

Una muerte, un misterio y un matrimonio
por María
Sintió que le estallaba el corazón. Como si la realidad le golpeara fuertemente en la cabeza. Hasta ese momento, la Muerte no era más que un rumor, una leyenda que había ido de boca en boca y que contadas veces se había cruzado en su camino. En lo más profundo de sí, todavía tenía la infantil esperanza de que no fuera real. Hasta ese momento, la Muerte no había existido. Pero ahora su tío, su única familia, yacía sin vida. Estaba allí, ante sus ojos, al otro lado del cristal.
Hacía ya veinte años que había sufrido la última muerte cercana, la de su hermano. Pero ésta nunca la tomó como cierta. No la vio. Había llorado la pérdida, la ausencia, pero nunca la muerte. No, nunca fue real.
Una vez más, se dio la vuelta, mirando alrededor, deteniendo su mirada en la puerta. Nadie. Igual que hacía una hora; igual que ocurriría dos horas después. Nadie. Nunca había sentido tanta soledad como en ese momento. Aun así, pensó que tal vez sería adecuado decir unas palabras, aunque nadie más las oyera. Sacó de su bolsillo un papel arrugado y amarillento que siempre llevaba encima. Se lo dio su hermano, aunque él no era el autor del texto. Conocía su contenido de memoria, pero no pudo evitar leerlo una vez más:
“No vayáis a mi tumba y lloréis. /No estoy allí, no duermo. /Soy miles de vientos que soplan. /Soy copos de nieve que centellean. /Soy trigo dorado al sol. /Soy una suave lluvia de otoño. /Soy las estrellas que brillan por la noche. / No vayáis a mi tumba y lloréis. /No estoy allí, no he muerto.”
Por primera vez reparó en que estas últimas palabras resaltaban sobre el manchado papel, y las repitió mentalmente. “No estoy allí, no he muerto”. Nunca había entendido por qué su hermano mayor le había dado esto cuando sólo tenía siete años. ¿Tendría algún significado?

viernes, 18 de abril de 2008

Primer relato del concurso... Alguien tenía que empezar, ¿no?

Bueno, mis queridos todos, aquí va la primera parte de mi primer relato. Sé que es estupendo y maravilloso pero, por favor, no os desaniméis, vosotros también podéis hacerlo, jeje (espero que se haya notado el tono de ironía).

UNA MUERTE, UN MISTERIO Y UN MATRIMONIO

por Leo

México DF. 3 de la mañana. Las calles estaban semivacías. No hacía frío, pero a pesar de ello sentía como casi todos sus miembros estaban congelados. Iba muy abrigado: bufanda, chaqueta, jersey de cuello vuelto. Llevaba días con subidas de fiebre, con leves alucinaciones, sin comer prácticamente nada. Sólo bebía, a ratos, mezcal. Los somníferos hacían el resto. Subió por el paseo reforma, tratando de localizar la calle que le llevaría a casa, pero todas le parecían iguales. Se acercó a una pareja para preguntar por la ubicación de su casa, pero los dos tortolitos, asustados, le empujaron y salieron corriendo. 4 de la mañana. Pensó en dormir ahí tirado, en medio de la nada, pues la desesperación estaba a punto de superarle. Al fin dio con la miserable calle. Apenas sin luz, olía a putrefacción; la mezcla de basura y orines hacían el ambiente insufrible. Junto al casco histórico, el barrio de Tepito era el sitio en el que había terminado pernoctando y mal viviendo. Hacía mucho tiempo que llegó a aquella ciudad y todavía se sentía como un auténtico extraño. No conseguía reconstruir un relato coherente, sólo recordaba a ratos fragmentos, flashes de escenas que vivió, retazos sin ningún sentido. Ahora dudaba de su estado mental; acaso en ningún momento había estado del todo consciente... Se tiró encima de una montaña de mantas, sábanas, ropa y algún resto de comida… No recordaba ni tan siquiera si había cerrado la puerta. 5.30. Despertó de la duermevela súbitamente. Aporreaban la puerta, como un estruendo. Casi no le dio tiempo a reaccionar. “¡Abra la puerta, abra la puerta!”. Creyó que era una broma de mal gusto, algún borracho que buscaba una cama en la que yacer. “¡Abra la puerta, abra la puerta o la tiramos abajo!” El susto le oprimía el pecho, las palpitaciones se le habían disparado. Abrió la puerta. Frente a él, nueve hombres y una mujer que se identificaron como policías. “¿Vive aquí Urbano Pérez?”, “Sí soy yo”, “Traemos una orden de registro”. Estaba realmente nervioso. Su pensamiento ahora se tornaba más confuso que nunca. “Traemos orden de utilizar la fuerza en caso de obstaculización a la justicia”. Urbano no opuso resistencia. Firmó la orden de registro. Balbuceó algunas palabras, algunas frases confusas y sin sentido. Le entraron unas terribles ganas de llorar, mientras algunos vecinos se asomaban a la puerta para ver qué es lo que había hecho el “gringo”. Recordó su infancia en España, al sur del país, en las cálidas playas del mediterráneo. Fue el único pensamiento nítido que tuvo durante meses. Largos meses. Demasiados meses. Catorce interminables meses.