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viernes, 24 de octubre de 2008

Después de una gran pausa... un nuevo reto

Queridos todos:
Después de dejar varios meses para que nuestras cabecitas pensantes se pusieran de nuevo al día con trabajo y estudios, y para recuperarnos del esfuerzo de crear unos relatos tan increíblemente buenos, ha llegado la hora de ponerse manos a la obra.
Lo que vamos a hacer (vamos, lo que va a hacer el que quiera hacerlo) es nuestro propio libro de relatos. Sí sí, uno entero para cada uno. Independientemente de que el primero lo editemos conjuntamente, creo que estamos de sobra preparados para embarcarnos en un proyecto mayor. Por delante tenemos todo el tiempo del mundo (en un máximo de 10 meses), muchas ganas, y mucho talento.
El libro se titulará La caja de galletas, y constará de 10-12 capítulos, a razón de relato por capítulo. Para hacerlo, necesitaremos una caja de galletas metálica, de esa de las pastas de té, que todos hemos tenido en algún momento de nuestra vida (el que no tenga, que se la compre: es total y absolutamente imprescindible). Durante un rato (o el tiempo que haga falta), deambularemos por nuestras casas, despachos, habitaciones... e iremos recogiendo una docena de cachivaches dignos de estar en tan lujoso emplazamiento como es una caja de galletas (dícese un llavero, una foto, un tapón de la fanta...), y los guardaremos y custodiaremos celosamente aunque nuestros amigos y familiares piensen que de una vez por todas hemos perdido la cabeza.
Como ya habréis adivinado, la cuestión está en que cada uno de los cachivaches protagonice un relato. Hay que contar la historia del objeto: cómo llegó a vuestras manos, qué estaba pasando, qué sonaba, quién había... por qué demonios lo tenéis guardado; siempre, claro está, en forma de relato.
Ahora bien, los artilugios no tienen por qué tener una historia verdadera, es decir, esto es literatura, no Historia de las cajas de galletas, así que la historia, los personajes... todo, se puede inventar. La cosa es que, de una docena de cosas que para nadie más que para nosotros tienen sentido (o lo tendrían si fueran reales), salga una colección de relatos súper chulos, como los que sabemos hacer.
El sistema de clasificación que vamos a utilizar es el mismo que venimos usando hasta ahora, porque nos ha ido relativamente bien. Etiquetaremos cada relato o parte de él que publiquemos con: nuestro nombre, nº del capítulo, parte del capítulo (en caso de ir por partes), y "La caja de galletas". Podemos ir publicando por partes o a capítulo cerrado, lo que nos venga mejor, pero pensad en vuestros fans y no los tengáis demasiadas semanas en ascuas.
Pdt.: No os olvidéis de etiquetar el blog en Google reader o algo así para estar al día de las actualizaciones que hagamos.
Ppdt.:Recordad que Culturaciones está abierto a todo y que, independientemente de los relatos, esperamos escuchar (leyendo) lo que se os ocurra.
¿Alguna duda? Pues preparados, listos... ¡ya!

viernes, 20 de junio de 2008

El segundo relato

De nuevo publicando en segundo lugar.
Esta vez también me voy a saltar las bases, pero por lo bajo, porque os mando sólo 746 palabras.
Un nacimiento, un divorcio y un misterio resuelto
Por María
Érase una vez, en algún lugar sobre nuestras cabezas, que dos entes etéreos decidían su futuro. Bueno, en realidad sólo uno de ellos decidía; el otro, tenía que conformarse con la opción que rechazara el primero.

Mira, ese señor de la corbata se llama Padre y va a ser mi padre, y el que está a su lado, mi abuelo, que se llama Abuelo. Creo que tenemos un negocio familiar… algo de un banco o no sé qué. ¿Qué te parecen? A mí me parecen gente muy distinguida. ¿Te imaginas? con esta familia, ¡de mayor yo también podría ser una persona distinguida!

Una vez los vi paseando en un coche, parecían taaan felices… A veces dan fiestas en la piscina. ¿Te he dicho ya que tenemos piscina? Pues sí. Cuando sea un poco mayor, celebraré mi cumpleaños en la piscina, con todos mis amigos. Porque seguro que tenemos un montón de amigos…

Mira, ahí viene Madre. Es guapísima, ¿verdad? Seguro que la tuya no lo será tanto. ¡Ella sí que tiene un montón de amigos! Amigos altos y guapísimos, sobre todo su profesor de tenis, que se llama Churri. Debe tener dos nombres, porque Padre nunca lo llama así. ¿De dónde vendrá ese nombre? ¡A lo mejor es extranjero! ¡Qué bien, mi primer extranjero! ¿Y has visto qué casa tan grande?
Una nube difuminó la imagen de la gran casa y ante ellos apareció otra estampa familiar:
Éstos son mis otros padres. Se llaman Papá y Mamá. Nuestra casa es más pequeña, pero tenemos chimenea. ¡Una chimenea! ¿Te lo puedes creer? Además, está cerca de un río; cuando haga buen tiempo, mi abuelo me llevará a pescar ¡seguro! ¿Qué a qué se dedica este abuelo? Pues no lo sé, yo creo que no trabaja. Va todo el día en bicicleta por el pueblo, y siempre se encuentra con mucha gente. ¡Qué divertido! Tiene tantos amigos que a veces tiene que tocar un pito rojo que lleva en el bolsillo y gritar su nombre, y entonces todo el mundo sale a verle. ¡La gente viene de todos sitios para ver a mi abuelo Afilaor! Ojalá sea un niño y me pongan ese nombre a mí también: Afilaor, como los señores. A ti también te gustaría llamarte como el abuelo, ¿verdad? ¡Pues yo me lo he pedido antes! Esta familia también tiene un perro. ¿Crees que me gustarán los perros? Espero que sí. Aunque claro, la otra tiene dos caballos de color marrón.

Por otro lado… éstos ya tienen una niña; creo que se llama Hija. Si nazco aquí tendré una hermana y seremos “Hija y Afilaor”. Seguro que tú me tendrás envidia, porque en casa de Padre y Madre serás hijo único. ¿Crees que Hija me querrá? Espera, ahora que lo pienso… si nazco aquí tendré que compartirlo todo con ella, ¡pero tú lo tendrás todo para ti! No me parece bien; yo nazco antes, así que yo elijo. Creo que me quedo con Padre y Madre. Pero tú tranquilo, que seguro que Papá y Mamá también te quieren mucho.
Unos días más tarde se dejó arrastrar por una gran corriente, desapareciendo para siempre del mundo de los entes etéreos, y se fue a nacer, lleno de orgullo y satisfacción. Cuando nació, vio la cara sudorosa de Madre pero, por más que miró, no vio a Padre por ningún sitio. En unos minutos, todo lo que había visto en el mundo de los etéreos se borró para siempre de su memoria y, por suerte para ella, nunca echó en falta la casa, la piscina, los caballos o el coche, posesiones que se fueron con Padre cuando él y Madre se divorciaron. A Padre siempre le pareció que Churri se cobraba más propinas de las que merecía… Nunca llegó a conocer a Abuelo, y pasaron más de diez años hasta que vio a Padre por primera y última vez.
En cambio, cuando nació el segundo ente, vio a Mamá llorando de alegría y, al poco rato, a Papá, que entraba en la habitación con Hija en brazos. También se borró su memoria, así que no advirtió nunca que se había cumplido su deseo de llamarse igual que su abuelo, aunque no le pusieron Afilaor, sino Manolo.

sábado, 31 de mayo de 2008

Fin +26

La palangana, que todavía agarraba con una mano, cayó ruidosamente al suelo y se hizo añicos. Un escalofrío le hizo estremecerse. Era imposible. Había muerto 20 años atrás, al menos eso le habían dicho. Había ido a visitar su tumba en las fechas señaladas, se había visto crecer, año tras año, en el reflejo del blanquecino mármol... No puede ser, se repitió una vez más. Inconscientemente, se llevó una mano al bolsillo y sacó el papel que había leído en el velatorio: “No he muerto”.

Había imaginado esta situación miles de veces. Hablarían durante horas sobre su vida y todo volvería a ser como antes. Ahora, de rodillas en el suelo, con su hermano mirándole a los ojos, no podía parar de hacer preguntas, preguntas que salían mudas de sus labios. Finalmente, él fue el primero en hablar.
Le explicó que cuando tenía 19 años trabajaba para un anciano que siempre le contaba increíbles historias de su juventud, todas ellas sobre grandes fortunas. Cuando murió, él era el único que aparecía en el testamento. ¡Y resultó que aquellas locuras sobre tesoros escondidos eran ciertas! Teniendo como única familia a un anciano tío y a una personita de 7 años que no le echaría mucho en falta, se limitó a desaparecer con el dinero y salir en busca de aventuras, mientras su familia le daba por muerto. Antes de irse, le dejó a la criatura algo parecido a una pista, como promesa de que volvería. Cuando supo del fallecimiento de su tío, regresó a España a buscarle. Con la soledad del tanatorio y un poco de cloroformo consiguió arrastrarle sin problemas hasta su avión privado. “¿Pero dónde estamos?”, habló por fin. “Estamos en las Islas Perlas, en Panamá. Todo este islote me pertenece”. Mientras le hablaba, vio brillar un anillo de boda en la mano de su hermano. Desde luego, toda una vida los había separado. Tal vez era el momento de volver a empezar su historia en el seno de una nueva familia.
Aquí termina mi relato. Dicen las bases que el máximo es de 1000 palabras, así que las últimas 26 van en diferente color, por si alguien quiere no hacerles caso.
Espero que os haya gustado.
María.

viernes, 16 de mayo de 2008

Añadiendo un poquito más de confusión...

Recordad que nuestro protagonista se encontraba en la sala de un tanatorio, dándole vueltas al significado de un viejo manuscrito...
Por María
Se despertó sobre una almohada empapada en sudor. Aunque sabía que había despertado, no conseguía abrir los ojos. Sólo alcanzaba a distinguir algo que, en el techo, giraba y producía sombras intermitentes en su vista. Mientras intentaba sin éxito mover alguna parte de su cuerpo, que parecía pesar varias toneladas, comprobó con horror que no estaba en su habitación. De pronto, el corazón comenzó a palpitarle con tanta fuerza que parecía que de un momento a otro lo fuera a encontrar ante sus ojos, y la respiración se le aceleró tanto que pensó que iba a perder el conocimiento de puro pánico.
Al fin, tras unos minutos que bien podían haber sido una vida entera, empezó a cobrar la movilidad del cuerpo y a punto estuvo de gritar pidiendo ayuda, pero cuando iba a hacerlo, se le antojó que lo más sensato era mantener la calma y no alertar a un posible atacante.
En la habitación no había casi nada: una cama de hierro, sin ningún adorno; una mesilla con una pequeña lámpara, un perchero vacío y una mesita con una palangana de agua fresca. No pudo evitar hundir las manos y remojarse la frente, todavía llena de sudor. Miró hacia arriba y observó que un viejo y sucio ventilador daba vueltas torpemente sobre su cabeza, y sintió el estúpido temor de que le cayera encima. ¿Cómo podía preocuparse por eso en su situación? No sabía dónde se encontraba, ni quién le había llevado hasta allí, ni cuánto tiempo había pasado durmiendo. Miró por la ventana, y su inquietud no hizo más que aumentar; ni siquiera estaba en su ciudad. Si no fuera por las circunstancias, habría admitido que la vista era hermosa. Todo verde. A decir verdad, demasiado verde. ¿Qué lugar era aquél?
De pronto, escuchó unos pasos que se acercaban. Vació el agua del recipiente y lo agarró con fuerza. Era lo único que tenía a mano. Corrió sigilosamente a esconderse tras la puerta. El picaporte se movía lentamente; quien estuviera al otro lado iba a entrar de un momento a otro… ¡zas!
El extraño quedó tendido en el suelo, boca bajo. Se agachó para darle la vuelta. Cuando vio su cara se le heló la sangre. ¡No podía ser!

miércoles, 23 de abril de 2008

El esperado segundo relato del concurso

Si ya era duro publicar el primer relato, todavía es peor hacerlo en segundo lugar. Pero, ¿qué mejor que empezar una historia para celebrar el día del libro?

Una muerte, un misterio y un matrimonio
por María
Sintió que le estallaba el corazón. Como si la realidad le golpeara fuertemente en la cabeza. Hasta ese momento, la Muerte no era más que un rumor, una leyenda que había ido de boca en boca y que contadas veces se había cruzado en su camino. En lo más profundo de sí, todavía tenía la infantil esperanza de que no fuera real. Hasta ese momento, la Muerte no había existido. Pero ahora su tío, su única familia, yacía sin vida. Estaba allí, ante sus ojos, al otro lado del cristal.
Hacía ya veinte años que había sufrido la última muerte cercana, la de su hermano. Pero ésta nunca la tomó como cierta. No la vio. Había llorado la pérdida, la ausencia, pero nunca la muerte. No, nunca fue real.
Una vez más, se dio la vuelta, mirando alrededor, deteniendo su mirada en la puerta. Nadie. Igual que hacía una hora; igual que ocurriría dos horas después. Nadie. Nunca había sentido tanta soledad como en ese momento. Aun así, pensó que tal vez sería adecuado decir unas palabras, aunque nadie más las oyera. Sacó de su bolsillo un papel arrugado y amarillento que siempre llevaba encima. Se lo dio su hermano, aunque él no era el autor del texto. Conocía su contenido de memoria, pero no pudo evitar leerlo una vez más:
“No vayáis a mi tumba y lloréis. /No estoy allí, no duermo. /Soy miles de vientos que soplan. /Soy copos de nieve que centellean. /Soy trigo dorado al sol. /Soy una suave lluvia de otoño. /Soy las estrellas que brillan por la noche. / No vayáis a mi tumba y lloréis. /No estoy allí, no he muerto.”
Por primera vez reparó en que estas últimas palabras resaltaban sobre el manchado papel, y las repitió mentalmente. “No estoy allí, no he muerto”. Nunca había entendido por qué su hermano mayor le había dado esto cuando sólo tenía siete años. ¿Tendría algún significado?