viernes, 20 de junio de 2008

El segundo relato

De nuevo publicando en segundo lugar.
Esta vez también me voy a saltar las bases, pero por lo bajo, porque os mando sólo 746 palabras.
Un nacimiento, un divorcio y un misterio resuelto
Por María
Érase una vez, en algún lugar sobre nuestras cabezas, que dos entes etéreos decidían su futuro. Bueno, en realidad sólo uno de ellos decidía; el otro, tenía que conformarse con la opción que rechazara el primero.

Mira, ese señor de la corbata se llama Padre y va a ser mi padre, y el que está a su lado, mi abuelo, que se llama Abuelo. Creo que tenemos un negocio familiar… algo de un banco o no sé qué. ¿Qué te parecen? A mí me parecen gente muy distinguida. ¿Te imaginas? con esta familia, ¡de mayor yo también podría ser una persona distinguida!

Una vez los vi paseando en un coche, parecían taaan felices… A veces dan fiestas en la piscina. ¿Te he dicho ya que tenemos piscina? Pues sí. Cuando sea un poco mayor, celebraré mi cumpleaños en la piscina, con todos mis amigos. Porque seguro que tenemos un montón de amigos…

Mira, ahí viene Madre. Es guapísima, ¿verdad? Seguro que la tuya no lo será tanto. ¡Ella sí que tiene un montón de amigos! Amigos altos y guapísimos, sobre todo su profesor de tenis, que se llama Churri. Debe tener dos nombres, porque Padre nunca lo llama así. ¿De dónde vendrá ese nombre? ¡A lo mejor es extranjero! ¡Qué bien, mi primer extranjero! ¿Y has visto qué casa tan grande?
Una nube difuminó la imagen de la gran casa y ante ellos apareció otra estampa familiar:
Éstos son mis otros padres. Se llaman Papá y Mamá. Nuestra casa es más pequeña, pero tenemos chimenea. ¡Una chimenea! ¿Te lo puedes creer? Además, está cerca de un río; cuando haga buen tiempo, mi abuelo me llevará a pescar ¡seguro! ¿Qué a qué se dedica este abuelo? Pues no lo sé, yo creo que no trabaja. Va todo el día en bicicleta por el pueblo, y siempre se encuentra con mucha gente. ¡Qué divertido! Tiene tantos amigos que a veces tiene que tocar un pito rojo que lleva en el bolsillo y gritar su nombre, y entonces todo el mundo sale a verle. ¡La gente viene de todos sitios para ver a mi abuelo Afilaor! Ojalá sea un niño y me pongan ese nombre a mí también: Afilaor, como los señores. A ti también te gustaría llamarte como el abuelo, ¿verdad? ¡Pues yo me lo he pedido antes! Esta familia también tiene un perro. ¿Crees que me gustarán los perros? Espero que sí. Aunque claro, la otra tiene dos caballos de color marrón.

Por otro lado… éstos ya tienen una niña; creo que se llama Hija. Si nazco aquí tendré una hermana y seremos “Hija y Afilaor”. Seguro que tú me tendrás envidia, porque en casa de Padre y Madre serás hijo único. ¿Crees que Hija me querrá? Espera, ahora que lo pienso… si nazco aquí tendré que compartirlo todo con ella, ¡pero tú lo tendrás todo para ti! No me parece bien; yo nazco antes, así que yo elijo. Creo que me quedo con Padre y Madre. Pero tú tranquilo, que seguro que Papá y Mamá también te quieren mucho.
Unos días más tarde se dejó arrastrar por una gran corriente, desapareciendo para siempre del mundo de los entes etéreos, y se fue a nacer, lleno de orgullo y satisfacción. Cuando nació, vio la cara sudorosa de Madre pero, por más que miró, no vio a Padre por ningún sitio. En unos minutos, todo lo que había visto en el mundo de los etéreos se borró para siempre de su memoria y, por suerte para ella, nunca echó en falta la casa, la piscina, los caballos o el coche, posesiones que se fueron con Padre cuando él y Madre se divorciaron. A Padre siempre le pareció que Churri se cobraba más propinas de las que merecía… Nunca llegó a conocer a Abuelo, y pasaron más de diez años hasta que vio a Padre por primera y última vez.
En cambio, cuando nació el segundo ente, vio a Mamá llorando de alegría y, al poco rato, a Papá, que entraba en la habitación con Hija en brazos. También se borró su memoria, así que no advirtió nunca que se había cumplido su deseo de llamarse igual que su abuelo, aunque no le pusieron Afilaor, sino Manolo.

jueves, 19 de junio de 2008

Primer relato de la segunda fase

Como veo que estamos a finales de mes y nadie se anima a colgar su escrito, empiezo yo con el mío (fiel a mi estilo, todo de una). A ver lo que resulta de esta segunda y última fase.


Un nacimiento, un divorcio y un misterio resuelto

Por Ruth
Cuando abrí los ojos vi a un hombre colgado del techo palmeándome el trasero. ¡Qué extraño! Unos segundos más tarde corregí mi error: el techo en el que apoyaba sus pies era el suelo, sólo que me había dado la vuelta para hacerme llorar.
Esas fueron mis primeras imágenes de la Tierra: una sala llena de gente extraña y una señora tumbada en una cama con las piernas abiertas y un velo de sudor que le cubría la cara.
En esos momentos quise decir: ¿pero qué es esto? Sin embargo, al abrir la boca lo único que salió de ella fue un gran sollozo. La gente de mi alrededor parecía hablar un idioma distinto al mío porque todos articulaban una gran cantidad de sonidos al abrir sus bocas. Todos menos la mujer, que sonreía y sollozaba como yo. ¡Con esta me voy a llevar bien!, pensé animada.
Con el paso del tiempo me di cuenta de que así sería, aunque no siempre. Mientras yo iba creciendo, ella permanecía a mi lado. Me enseñó a llamarla “mamá” y por las noches me contaba cuentos hasta que me dormía. Otras veces le daba por cantar y esas noches me hacía la dormida hasta que paraba de entonar esas odiosas melodías.
A lo largo de mis primeros años en el mundo me contó muchas historias, pero la que más me interesaba era la que siempre se quedaba sin final:

“Tu padre, al que no conoces, siempre me decía que tendríamos una niña preciosa. ¿Sabes como lo conocí? En una biblioteca, siempre iba a estudiar a la misma hora que yo y, al final, terminamos gustándonos. Con el tiempo quisimos tener un bebé, tenerte a tí, mi niña. Y ya estás aquí, pero él no…”

Y entonces se ponía a llorar y cambiaba de tema. ¿Por qué mi padre no se había quedado hasta que naciese?
Era una lata que me contase esa historia pero que nunca la acabase porque, cada vez que empezaba la llantera, me daba rabia no enterarme del final. Luego yo terminaba olvidándola hasta que ella me la relataba otra vez, pero siempre sin explicar porqué mi padre no estaba allí. Y volvía la rabia a mi pequeño ser.
Al hacerme mayor y empezar a ir a la escuela mi madre dejó de contarme ese cuento y, con él, todos los demás. Pero eso no significa que yo lo olvidase.
Muchas veces le pregunté que porqué los padres de mis compañeros iban a recogerlos pero el mío no venía a por mí. Su respuesta, carente de sinceridad, siempre era la misma: “Algún día irá”.
Mi crecimiento no paraba, cada día me notaba más grande. Mi cabello pelirrojo dejó de ser rizadito y se tornó liso como una cascada. El número de pecas de mi nariz aumentaba, al igual que mi talla de ropa y, con todo ello, también aumentaron las miradas que me dirigían los chicos.
Yo no lo notaba pero mi madre me hizo ver cuando cumplí los 16 que debía tener cuidado porque causaba sensación entre los miembros del sexo opuesto. A los 17 lo comprobé y a los 22 ya me había cansado de ello.
Mi madre seguía con su secretismo y nunca me desveló lo que había pasado con mi padre. No tenía más fuentes a las que acudir puesto que mi madre no tenía más familia que yo y de mi padre sólo sabía que se llamaba Ulises.
Cuando cumplí los 25 conocí a un chico maravilloso, Claudio, que me quería con locura. Siempre estábamos juntos caminando por la ciudad con los dedos entrelazados o desordenando las sábanas de su cama, entrelazados los cuerpos.
Mi madre nunca había mirado con buenos ojos a los chicos con los que había salido pero a éste, sin conocerlo, lo rechazaba de pleno.
Una tarde lo llevé a casa para presentárselo, pero cometí un error: olvidé comentarle ése “detalle sin importancia” que era la inexistencia de mi progenitor.
Al principio pareció mejorar la percepción de ella pero, cuando él me preguntó si andaba por allí mi padre, nos echó a los dos.
Mi novio no se explicaba que no supiese nada de mi padre salvo su nombre tras 25 años en el mundo y, justo en ése momento, fue como si despertase de un sueño. Había estado tan ocupada en los últimos años que no me había importado no tener padre, ya lo tenía asumido; pero no me había dado cuenta de lo grave que era vivir 25 años sin saber si había alguien en este mundo que doblaba los bordes de las páginas que le gustaban o que echaba el café antes que la leche en la taza, tal y como hacía yo.
Volví a mi casa dispuesta a resolver el enigma, pero mi madre no quería revelar nada. Al menos durante la primera media hora. Sentí que jamás me había preocupado lo suficiente por saber quien era el hombre que me había dado la vida y aquél día se lo saqué a mi madre.
Hablamos durante más de tres horas y, cuando terminamos, nos echamos a llorar la una en los brazos de la otra.
Supuse que el dolor de mi madre había sido más grande que sus ganas de contarme la verdad. Pero, tras 25 años, ya sabía el final de la historia:

“Tu padre estaba muy emocionado con la posibilidad de tener un bebé y me trasladó toda su emoción. Sin embargo, cuando me vio engordar, tener impresionantes cambios de humor y hacerle cada día menos caso porque estaba más pendiente de la vida que se desarrollaba en mi interior, tomó la resolución de irse con otras. Ya no tenía las ganas que tenía antes de estar conmigo y cada momento dulce que habíamos compartido se convirtieron en tremendas disputas y varios ingresos en el hospital. Nos divorciamos y cambié de ciudad para evitar que tuviese cualquier tipo de contacto contigo”.

Debo admitir que nunca me gustó el final de la historia. Durante 25 años estuve soñando que mi padre había desaparecido, que estaba en alguna guerra lejana, que era un duende invisible o que mi madre se lo había comido.
Y, aunque conocer la verdad sobre él me quitó un gran peso de encima, por fin me di cuenta de que no era tan importante saber quien me había traído al mundo y se había olvidado de mí como saber quien era la que se despertaba cada mañana pendiente de mi respiración.

miércoles, 18 de junio de 2008

Sobre traiciones y utopías


Breve paréntesis. Nueva culturación


Sobre traiciones y utopías

Y de repente, la tierra tembló.
Una vez más, la traición golpeó contra los pilares de la existencia. Irrealizable existencia.
La utopía salvífica, que durante tanto tiempo había alimentado su experiencia vital, se tornó con toda su crudeza en una realidad irreal.
Las hipocresías y pseudo-verdades desveladas habían conseguido acabar con el mundo cuasi mágico en el que durante mucho tiempo creyó haber vivido.
Nada era lo que parecía,
mas nunca lo creyó hasta que tuvo la prueba delante de sus propios ojos.
Ahora sí, ahora que ya conocía la humillante verdad, huyó a un lejano refugio, allá donde nunca se pone el sol.

Nota: No sé si lloró desconsoladamente, nunca me lo dijo, tampoco se lo pregunté... Sí sé que el dolor la partió en dos. Me habló mucho y arrebatado, nervioso: de sus fracasos y miedos, de la traición que todos ellos habían secundado. De veras que intenté con todas mis fuerzas convencerla de que todavía quedaba un lugar para sus sueños, que todavía era posible la utopía, que la prueba no era reflejo de la realidad, que quizá todos ellos pecaron una vez más de inconsciencia, que este mundo la necesitaba... Todo fue en vano. Ni tan siquiera yo creí en mis propias palabras. Supongo que todo esto estaba ya escrito y que la traición fue el revulsivo que necesitaba su alma para dar el paso definitivo.

martes, 10 de junio de 2008

Ya tenemos ganadoras de las primera fase: María y Ruth

En fin, ya hemos clausurado oficialmente la primera fase de nuestro "Concurso de relatos-blog: Cogiendo el testigo de Mark Twain". Tras una emocionante votación, al final han sido dos las claras vencedoras: Ruth (su relato aquí), con una misteriosa historia de desamor, y María (léelo aquí), cuyo giro paradisíaco nos dejó bastante sorprendidos. Para todos los que hayáis quedado maravillados antes sus sugerentes estilos literarios, os recomiendo que les sigáis la pista en sus respectivos blogs. Por ahora, las vencedoras no quieren conceder entrevistas y han decidido recluirse en un lugar no revelado, lejos de los flashes, las cámaras y los medios de comunicación. Ahora bien, sí se han comprometido a contestar y atender vía blog a todos sus fan.

Por lo demás, a partir de este momento damos el pistoletazo de salida a la segunda fase de nuestro concurso. Os recuerdo que las temáticas que deben aparecer en este segundo relato son: un nacimiento, un divorcio y un misterio resuelto. Tenemos hasta el 30 de junio. Las bases, aquí.

Ánimo a todos y... que no decaiga el espíritu!

Pd1. La organización del concurso quiere felicitar a las vencedoras y animarlas a que continúen con sus prometedoras carreras literarias.
Pd 2. Creo que las vencedoras tendrían que dedicarnos unas palabras ;-)
Pd 3 (ampliado el 11 de junio a las 23.32 horas). Como todo premio, tendrá su consiguiente celebración. En esos los participantes sí que han llegado al consenso :-)

martes, 3 de junio de 2008

Y el ganador del concurso es...

Quien vosotros queráis. Me explico. Cada uno de los participantes del I concurso internacional de relatos blog: "Cogiendo el testigo de Mark Twain" deberá elegir un relato ganador. En este mismo post, cada participante, de manera anónima, pondrá el nombre de su candidato en un comentario, dando una pequeña explicación sobre por qué ha elegido ese texto y no otro. Cuando estén todos los votos emitidos, haremos el recuento y... tendremos ganador de la primera fase del concurso!!!

domingo, 1 de junio de 2008

Un misterio, una muerte y un matrimonio Fin (1000, ni una más)

Ludovica
Mi padre, accedió a que Figueres le examinara, no tenía nada qué esconder. El informe fue lo que mi madre y el vecindario querían. Ingreso en el psiquiátrico. La alta sociedad funciona así. Tras juicios, testificaciones y el divorcio de mis padres, Roberto ingresó en la “Masía Torribera.” Con su ingreso en el psiquiátrico también desapareció el dinero. Mis padres se casaron en separación de bienes y mi madre que jamás había trabajado, se veía con grandes gastos y pocos recursos.
Escogió la salida fácil, encontrar alguien que la mantuviera, se equivocó. Conoció a Jaume. Él era 10 años más joven, ella se enamoró, rejuveneció, se encandiló y jamás pensó que Jaume le mintiera. Él no tenía dinero, ni posición social, era un encantador de serpientes buscando dinero. Antes de que mi madre se diera cuenta de todo, se casó con él, gastó lo último que le quedaba y esperaba a que Jaume cerrara esos negocios que nunca parecían cerrar.

Yo seguía enamorada de mi padre y el matrimonio entre Jaume y mi madre me abría una posibilidad para sacar a mi padre.
Para Jaume yo no era su hija, era una jovencita atractiva, me aproveché de eso. Unos meses después de la boda, cuando Jaume no podía ocultar su escasez de líquido empecé mi plan. Jaume necesitaba dinero y yo a mi padre. Me aproveché de su deseo y le convencí para que me ayudara a sacar a mi padre del sanatorio. El dinero fue el cebo, Jaume solo pensaba en eso, en la recompensa y en deshacerse por fin de una vieja que ya no le servía para nada. Jaume conocía gente en los bajos fondos que nos podía ayudar a sacar a mi padre, pero me sobraba después de sacar a Roberto.
Conseguimos que mi padre pudiera salir a la calle de vez en cuando con la vigilancia de un familiar. Jaume esperaba su recompensa, y la tuvo. Hice que mi madre se enterara de que se había liado conmigo y lo mató. Yo había recuperado a Roberto, también su dinero, por qué no decirlo. La vida con mi madre no era igual, yo estaba acostumbrada a la buena vida y una pensión establecida no era lo mismo.

Después de estar dos años en Torribera, mi padre ya no era el mismo, las pastillas habían hecho su efecto y había perdido todo el encanto. En una de las salidas estuvimos hablando y me concedió todos sus bienes, sabía que jamás volvería a disfrutar de ellos. Mi padre ya no era el mismo, yo no sentía deseo, ni siquiera cariño. Su mirada reflejaba rabia y ganas de venganza. En una de las salidas permitidas por el sanatorio me pidió que fuéramos a ver a mi madre. Yo no entré, sabía lo que pasaría y pasó. Cuando volví a casa llamé por teléfono a urgencias y a Torribera. Mi madre estaba muerta, mi padre de vuelta al psiquiátrico y después ingresaría en la cárcel. Yo me acababa de convertir en una joven millonaria sin más responsabilidad que vivir.

sábado, 31 de mayo de 2008

Un misterio, una muerte y un matrimonio (II parte)

Bien, ya sé, no me riñáis, me he excedido en unas cuantas palabras pero me niego a seguir recortando la caracterización de mi personaje principal... ¿He aquí el último relato de esta primera fase del concurso?

Un misterio, una muerte y un matrimonio (II parte)

by Leo

Todo empezó tiempo atrás, en una región española. Murcia era, en principio, un sitio tranquilo, apacible, donde nunca pasaba nada. Urbano desde siempre se había sentido un incomprendido. Todos a su alrededor habían tratado de alentar al pequeño genio que llevaba dentro. “Este chico promete”, “Es muy inteligente, “Llegará donde se proponga”. De buena familia, se convirtió desde muy joven en un auténtico quebradero de cabeza para sus padres: coqueteo con las drogas, relaciones sexuales precoces, mentiras… Nunca sabremos por qué una persona que lo tuvo todo, decidió no quedarse con nada. La contradicción definiría su existencia. Murcia, región apacible; Urbano convulsión desenfrenada. A sus 40 años, con el pelo cubierto de canas, parecía un anciano. Se casó joven, fue padre joven, estuvo a punto de ser asesinado joven. Nunca llegó a abandonar oficialmente a la que fuera su mujer durante casi dos décadas. Con 14 años vendía estupefacientes a sus amigos… con 30 formaba parte de una potente red de narcotráfico radicada en Marruecos. Siempre al borde del precipicio. Cuando estuvo fichado en España, y tras pasar una temporada en la cárcel, decidió marchar fuera, lejos, huyendo de sus propios fantasmas, que se tornaron si cabe más feroces a su llegada al país mexicano. Le propusieron un nuevo negocio y se juró a sí mismo que con él “colgaría las botas”, que se alejaría para siempre del fango en el que se había estado moviendo durante toda su vida. Nunca sabremos si Urbano realmente alguna vez creyó en sus propias promesas, pero pensó que se lo debía al gran amor de su vida: su hija.

En México todo se tornó muy complicado desde el principio. Cuando llegó a la colonia en la que iba a vivir, sintió un profundo escalofrío: tuvo el presentimiento de que todo aquello no acabaría bien. Su contacto, un muchacho que no había alcanzado la mayoría de edad, lo acompañó hasta el lugar que haría las veces de casa. Le dio, además, un número de teléfono: Luis, el americano, sería el encargado de ayudarle a montar el grupo-enlace para el tráfico de coca desde Colombia hasta España. Despidió al muchacho y se quedó solo en el departamento. Era una habitación minúscula con una cama y un pequeño hornillo. Dejó su mochila en el asqueroso suelo y durmió profundamente. Al día siguiente llamó por teléfono al americano. Quedaron en el centro de la ciudad, en el zócalo, un sitio muy concurrido en el que pasarían desapercibidos. Luis llevaría una camiseta negra con la bandera mexicana y un poster enrollado debajo del brazo derecho. Fue sencillo reconocerle. Se saludaron fríamente y entraron en una cantina. Su contacto parecía muy nervioso, hablaba muy rápido y estaba constantemente mirando a su alrededor. A su vuelta al departamento se encontró con la puerta entreabierta. Estaba algo mareado, una vez más se había excedido con la bebida. Dudó unos instantes, pero finalmente entró. Encima de su cama estaba el adolescente que lo había recibido el día anterior. Se acercó hasta él y vio cómo las sábanas estaban empapadas en sangre. Corrió a cerrar la puerta. Empezó a temblar, estaba aterrado. Cuando comprobó que no había nadie en la escalera, salió del lugar. Y así fue como llegó a Tepito, donde rara vez la policía hacía redadas; era el sitio más peligroso pero, a la vez, el más seguro de toda la ciudad.

Continuó su misión como si nada hubiera pasado, pero la imagen del muchacho muerto le atormentaba. Durante los meses que siguieron a aquella vivencia, logró alcanzar su objetivo y consiguió montar una potente red de narcos. Su estado mental y físico era patético. Siempre bebido, fumaba compulsivamente y en los últimos tiempos había comenzado a consumir grandes dosis de somníferos. No se soportaba, se aborrecía y ese sentimiento no le dejaba pegar ojo. Pero con su vuelta a España, todo aquello acabaría. Tenía ya comprado el billete de avión cuando llegó la fatídica noche. Casi sin darse cuenta estaba en el suelo, con una fuerte opresión en su espalda, rodeado de policías, bestias enloquecidas, ansiosas. No consiguió ver casi nada. Sólo a Luis bajo el dintel de la puerta.